No sé jugar a dungeoneo

miércoles, julio 05, 2017


Es verano. No me acuerdo de mi edad pero sé que soy un chaval, y estoy en mi parcela en el camping, con mi grupo de amigos, mientras uno de los mayores nos dirige D&D. La partida es un espectáculo: no he visto nunca mayor ridículo dirigiendo a un grupo de adolescentes con las hormonas por las nubes. Es mi primer contacto con el rol, y me gusta, pero soy un crío demasiado educado y repipi como para tomar protagonismo, y se va todo a tomar vientos rápidamente.

En el hueco temporal entre esta experiencia y la siguiente hay un agujero negro. He decidido olvidar estos años. No hay nada peor que sufrir bullying, así que la mejor manera es olvidarlo todo. Años más tarde decido aparecer en una reunión de antiguos alumnos; solo nos presentamos 4, tres de ellos se dedican a contar anécdotas y yo, como un amnésico con el que los médicos juegan, no recuerdo nada de lo que hablan. Digo a todo que si y sonrío como un idiota mientras hablan de una adolescencia que supuestamente es la mía.

Nada condiciona más que el bullying. Con el tiempo y mis notas cayendo en picado mis padres deciden cambiarme de instituto, pero el problema también viene del sitio donde veraneamos y la gente que hay allí. Me paso años callado y aguantando, mentalizándome de que es un problema menor, que si mis padres no le dan importancia es que no la debe de tener. Muchos años después, dos psicólogos después, parece que si era un problema. O es.

Es verano. Tengo 19 años, el carnet de coche recién sacado y un amigo se ha mudado a mi pueblo, pero no tiene coche aún, así que decido hacerle de chofer. Se juntan dos necesidades: la de él por seguir en contacto con sus amigos y la mía de un nuevo grupo. Acabamos en un casal joven, en un cuartito repleto de críos jugando alrededor de una mesa a D&D mientras que Victor, mi DM de cabecera y el que me ha dirigido todos estos años, trata de poner orden entre ellos. A partir de aquí empiezo como espectador (no quiero meterme en una partida directamente sin saber cómo es) y poco a poco como jugador.

Han pasado los años y no he dejado de jugar a rol. Sigo leyendo dungeoneo. Ahora dirijo y todo, con un par de campañas abiertas, pero jugando me he convertido en un espectador de lujo, alguien que no limpia pero tampoco ensucia. Me acuerdo de todas las anécdotas que han podido pasar en la campaña, pero ninguna está protagonizada por mi.

Los juegos de dungeoneo requieren algo que no sé hacer, y es reclamar protagonismo. Son lo más parecido a un deporte de equipo, pero en los deportes con grupos grandes un jugador puede permitirse hacer una labor silenciosa pero eficaz, una que no requiera que los focos le alumbren. Adoro el dungeoneo, pero yo no sé trabajar en equipo pidiendo mi cuota de pantalla. Sé sostener un equipo, sé estar detrás y asumir todo el trabajo que haga falta para que un equipo funcione... Pero no sé que hacer cuando el DM me da a mi la atención.

De hecho, un grupo de personajes es lo más parecido a un equipo deportivo. Cada uno tiene su función, y las posibilidades de éxito solo pasan porque sepan trabajar en conjunto y coordinándose. En la gran mayoría de los combates más les vale, porque hasta un grupo de lobos estándar tienen una manera de atacar, pero además es probable que cada uno de ellos tenga unos ciertos conocimientos, que requiera de cada uno de ellos una habilidad, algo en su trasfondo... Y echarse hacia adelante.

Adoro dirigir pero no sé jugar porque odio pedir protagonismo, porque cuando lo tengo no sé qué hacer con él. Me he convertido en todos estos años en ese del que nadie se acuerda en las fotos, el enterrador de un montón de personajes mediocres sin nada a destacar, en ese concursante de Humor Amarillo que hace el ridículo conforme sale a base de tiradas horribles. Adoro dirigir porque me encanta la geografía y la historia de esos mundos tan anclados en las sobras de Tolkien y Salvatore, esos combates contra enemigos binarios que darán su vida en combate, me encanta poder dar rienda suelta a todo lo que tengo en mente, leer y ver lo imaginativo de las propuestas.

Soy el mejor espectador y el peor jugador de D&D que conozco.

Empieza el verano. Tengo solicitudes de amistad en Facebook de gente a la que he odiado durante años. Cada vez que me junto con gente y les cuento como es una partida de rol les hablo de aquella vez que el pícaro falló la tercera tirada de una trampa explosiva y salió volando. De cómo el enano perdió horas en una ciudad perdida rellenando su saca de contención de monedas. De cuando entre el bárbaro y el pícaro hicieron trizas a un drow con un crítico cada uno.

No sé que hacía yo en cada una de esas situaciones.

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