C es de Canalizar

martes, febrero 27, 2018


El arquetipo de clase mágica siempre suele ser el de un erudito, entregado de forma devota a algo que no acaba de comprender y que su mente cataloga como fe, magia, energía... Esto es algo tan fácil de entender como que el mago, el clérigo, el druida o incluso si nos vamos a otros juegos el cultista, el convocador o quien sea no tiene más que mover las manitas y decir las palabras mágicas para que pasen cosas más allá de las leyes conocidas de la física, la lógica y demás disciplinas científicas.

Cada uno tiene una manera de corresponder a este suceso que él provoca de alguna manera: descansando durante X horas, leyendo su libro y preparando sus hechizos, haciendo sus rezos o pagando con su cordura, y no debería de ir más allá de echar dinero en una máquina de esas que sueltan bolas con sorpresa y en la que te puede tocar desde un juguete hasta un puzzle porque no existe una disciplina científica, ni una universidad u organismo que recopile los efectos de cada hechizo y conjuro del mundo. Pensadlo fríamente, ¿cómo saben los magos de todo un escenario de campaña que mover manitas + palabras mágicas = proyectil mágico?

La respuesta puede ser doble: o bien no lo saben, o si lo saben porque alguien si se preocupó de que ese conocimiento fuera estándar a todos, se transmitiera de forma universal por todo el mundo, escribiera libros, los bardos hablaran de ello... Vamos, que o no se sabe o si porque existe una maquinaria de distribución de información efectiva a lo largo de un mundo de fantasía heroica en el que las noticias no fluyen más allá de dos o tres pueblos pero todos los magos saben qué es un proyectil mágico. No sé si veis la incongruencia de todo esto (quizá no me esté explicando tan bien como creo pero es lo que os dije en anteriores artículos, vamos a ver a dónde lleva esto, venid conmigo, yo conduzco, vosotros disfrutad del viaje) pero puede, y lo digo con la boca pequeña, puede que si exista una manera. Porque un mago-clérigo-druida no hace magia pensando en fórmulas mágicas, como si hiciera ecuaciones, sino que tal y como comentan en los libros canalizan este flujo de energía para convertirlo en algo.

Ampliemos esto: supongamos que un individuo tiene el don, la capacidad o el entrenamiento suficiente como para convertir una necesidad abstracta (atacar, curar, ayudar a los compañeros) en un hecho. Si no existe ningún libro de conocimiento básico sobre el uso de la magia, ninguna Biblia que existe qué es posible hacer sino un montón de historias comunes sobre dioses, grandes magos, estudiosos y demás esa capacidad y su existencia se habrá transmitido en parte por vía escrita y en parte por vía oral, gracias a bardos y demás leyendas sobre seres poderosos capaces de doblegar a los elementos. ¿Cómo habrá aprendido a hacerlo? Gracias a libros (que son transmisores de parte de esos conocimientos) y a personas que lo hayan hecho antes y sean una suerte de tutores. El conocimiento escrito siempre suele ser un tesoro para estos individuos, y si os fijáis para estas clases (y todo aquel que sepa hacer magia, no nos olvidemos de los cultistas y demás) siempre suele tener casi o más valor encontrar una biblioteca mágica abandonada con secretos de antiguos hechiceros que un tesoro con monedas contantes y sonantes.

Ahora, si no existe un conocimiento de la magia unificado pero si existen los magos, los clérigos, los hechiceros... Si no existe un "manual de la magia" pero si una amplia variedad de profesiones que la utilizan más allá de los idiomas y las religiones, ¿cómo pueden todas tener un conocimiento común?

¿Y si la magia no fuera de palabras y gestos, sino de lo únicamente universal que podemos encontrarnos y que son las sensaciones?

Vamos a desarrollar este punto por dos partes distintas: la de los componentes somáticos (gestos, el habla) y la de las palabras máginas. Imaginad que, retroatrayéndonos a la bola de fuego, la magia no fuera más que un conjunto de sensaciones y conocimientos propios. Que leyendo libros viéramos pistas sobre vivencias que nos ayudan a conocer hechizos nuevos en vez de aprender hechizos per se; que los magos se hicieran poderosos no solo con la edad y el conocimiento, sino con la cantidad de experiencias que han tenido y que les ha servido para aprender más. Luchar contra un enemigo que se suponía imbatible, enamorarse, calarse hasta los huesos... Todo forma parte de un entramado que podemos delimitar y que supone que el lanzador de hechizos canaliza su poder como un transmisor de lo que sabe, lo que siente y lo poderosos que es. Por ejemplo:

Convocar al relámpago mayor: el recuerdo del fogonazo de un rayo partiendo el cielo + la sensación de lluvia y humedad en el ambiente + el sonido del trueno + aquella vez que huía de los enemigos con una tormenta en ciernes y un rayo golpeó un árbol, prendiéndole fuego y asustándolos.

Asesino fantasmal: un sueño lúcido + una pesadilla en la que mi temor más profundo me asesinaba + el frío del sudor + el corazón palpitando a toda velocidad + el dolor en el pecho de la ansiedad + aquella vez que luchando contra un enemigo asesiné a uno de sus compañeros y al mirarle pude ver que tenía miedo de morir.

Bola de fuego: el calor de una hoguera + el incendio que arrasó un pueblo + la quemadura que me hice tratando de rescatar a alguien + la sensación de poder que da el saberse capaz de controlar un elemento.

Esto nos lleva a usuarios de la magia que no necesitan ni dioses ni seres extraplanarios que les abran esa puerta, lo cual viene a ser transcribir en términos cosas como la fe, la confianza en una criatura... Todo un reto que si bien podemos no aplicar de forma directa en nuestra aventura puede ser una herramienta narrativa para todos aquellos que quieran darle un papel más importante a su capacidad de quebrar las leyes de la física y la realidad para lanzar hechizos. Esto no es una regla más que una ayuda para que aquellos con la capacidad de canalizar la esencia de la magia/fe puedan sentir que realmente tienen un uso y que tiene una contrapartida: ¿y si esta búsqueda de sensaciones convirtiera a los canalizadores en seres con una necesidad de vivir experiencias arriesgadas?

¿Y si todo aquel que pudiera lanzar magia no fuera más que un yonqui de las vivencias? ¿Y si la magia fuera una droga y los que la utilizan en realidad buscaran sentirse de una determinada manera, sabiendo que ellos mismos son capaces de hacerlo? ¿Y si la experimentación y la búsqueda de nuevos conocimientos fuera como la investigación de nuevas recetas para diseñar drogas?

Eso convertiría las universidades de magia en inmensos laboratorios. Y a los tutores en camellos capaces de darte la primera dosis, ayudarte a crear las tuyas propias y soltarte libre y enganchado a un poder inimaginable. Y de ahí que todos los magos fueran vistos como bichos raros capaces de hacer lo que sea por un conocimiento nuevo, y que la canalización no sea de magia o de fe, sino de uno mismo.

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